Dejar el nido

 Hace 25 años que me fui de la casa de mis padres. Primero, para vivir sola -mi meta desde chiquita- y probar eso de valerse por uno mismo y luego, porque la vida me dio la oportunidad de trabajar de lo que había estudiado, pero a 400 km de ahí.

Apenas dejé el nido, volvía cada domingo al imperdible asado de mí papá, el mejor que probé en mí vida. Con el pasar del tiempo, las visitas se volvieron cada vez más espaciadas, sobre todo, con el nacimiento de mis hijos.


Hoy en día, viajo aproximadamente cinco veces al año. En cada viaje encuentro algún cambio en la cuadra: nuevos vecinos, casas adosadas en una segunda planta, motos que suenan a peligro, perros nuevos. Por suerte aún quedan algunos vecinos de entonces.


También encuentro niños nuevos, pero ya no juegan en la calle. Quizás porque ahora la calle está llena de autos. Ya no queda espacio para poner cuatro ladrillos enfrentados de a dos para improvisar los arcos de un fulbito. Tampoco quedan sitios baldíos para armar la choza, ni para el yerbeado comunitario que hacíamos con mis amigos, donde uno traía la olla, armaba un fueguito, otro traía la yerba, otro el azúcar, y cada uno su jarrito para compartir de las mejores meriendas que recuerdo.


Dejamos el nido, y con ello gran parte de nuestra infancia en esa cuadra. Una cuadra era nuestra, hasta que nuestras mamás nos llamaban pa’dentro.


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